Taller con Marta Ricart

 

Fa anys, vaig decidir explorar aquesta complexitat i començar a treballar des de les dinàmiques pròpies que generen els processos artístics realitzats amb el lloc. Així, vaig començar al meu poble, situant-me cada dia amb una cadira davant l’edifici abandonat de l’escola de Torredenegó (Llobera del Solsonès), una escola que actualment es troba en un lloc de pas a la carretera que connecta el Santuari del Miracle i Solsona. Amb presència i constància, van anar succeïnt converses, es van moure records, i inclús es van crear algunes propostes de reforma de l’espai per a ús cultural que no s’han realitzat, però allà, davant l’escola abandonada, vaig coneixer el valor de la presència des d’un diàleg neutre; un que es fa a lloc amb el lloc i que no projecta. Sols sent a lloc, sent present i sentint el moviment que es genera en una acció, s’inicia un procés que demana un diàleg constant entre intenció i realitat. Crec que és aquí, en el respecte d’aquest temps necessari i en aquesta proximitat i quotidianitat, on la creació agafa un to més profund, ja que forma part d’una realitat més àmplia que s’entrellaça amb el teixit del lloc.   

Marta Ricart (2021) Núvol, Agafar de nou el fill vermell

Para empezar un breve relato sonoro del taller

Retornar a los sentidos para estar presentes e invertir la dirección de nuestras intervenciones es la propuesta que nos trajo Marta. Este retorno, supone no actuar desde lo que pensamos y proyectamos, sino desde lo que tocamos, vemos y escuchamos. Tocad la tierra y notad sus cualidades, peinad el espacio con vuestra mirada, caminad hacia un objetivo, abandonadlo y notad qué diferencias hay en vuestro paso y actitud. Durante la mañana, y parte de la tarde, estuvimos despertando los sentidos para poder, a última hora, coger una silla y salir a la calle. Buscad una postura neutra y disponible en la silla, encontrad ese punto entre estar atentas a lo de dentro y conectadas a lo de fuera. Todas las propuestas nos llevaron a explorar los límites de la percepción, como una especie de agitamiento de los sentidos dormidos y un cuestionamiento de los roles y posicionamientos automatizados.  

Llegó el momento de salir del museo. Aunque primero hicimos una parada intermedia: la explanada que hace de recibidor antes de atravesar las puertas del museo. Desde ese lugar, se observa la calle, pero sigue perteneciendo al espacio de la institución. Desde fuera, extrañaba al paseante, pero en seguida su percepción quedaba tranquila porque, aunque éramos 20 personas sentadas en sillas de una manera no casual y desperdigadas por el espacio, estábamos en un museo (ya se sabe que puede albergar cosas raras). No ocurrió lo mismo cuando el marco de la institución no nos amparaba; en la calle, lejos de ese espacio, podíamos ser cualquier cosa: una manifestación o un experimento sociológico (como se oyó que decían los transeúntes).  

Cuando llegamos al parque de Grapa, al de las canchas —como lo conocen en el barrio—, volvimos a disponernos cada una en el lugar que le pareció más adecuado. Bastantes de nosotras estuvimos cerca unas de otras y otras, las menos, se alejaron un poco para cubrir más espacio y despegarse del grupo. Llevábamos un rato practicando lo que Marta nos había propuesto, a algunas participantes se las veía cómodas, a otras no tanto. La propuesta puede despertar inquietudes internas, confusión, cuestionamientos sobre para qué, qué pensarán los que nos ven, no sé cómo ponerme. Es fácil quedarse en lo que te está pasando dentro, que invada y cope toda la experiencia perceptiva. O también es frecuente que te quedes enganchada a lo que pasa fuera, lo que dice uno u otro, si se para, se ríe o te mira y cómo lo hace. Sin embargo, lograr habitar ese punto intermedio, ese vaivén entre lo de fuera y lo de dentro, sin quedarte anclada en ninguno de los dos, es extremadamente difícil, pero fructífero cuando lo logras, aunque sea unos minutos. 

Los adolescentes del parque tenían ganas de hablar y saber qué hacíamos. Al final, llegamos a su parque, a su barrio —según ellos uno de los más peligrosos de la ciudad—. Así que para qué estábamos allí si no era para conversar. Una de las chicas, la que está de pie en el banco, mostró especial interés y nos propuso que volviéramos porque se pasaban el día en el parque aburridos. Su idea era que podíamos volver y hacer actividades como esta. Les dimos el email de la asociación para que nos escribieran, no nos apuntamos su contacto y no hemos vuelto a saber nada. Ella no escribió y nosotras no hemos vuelto con una silla al parque. ¿Qué hubiera pasado si alguna lo hubiéramos hecho? Quizás hubiera nacido una relación, hubiéramos construido un espacio en el que compartir. Quizás hubiéramos hecho una radio, un campeonato de baloncesto, un taller de danza urbana o algo que no alcanzamos a imaginar. Cuando se acercaron y hablamos sentí que era esto de lo que hablaba Marta durante todo el día, que es esto lo que puede pasar cuando estás presente en un espacio de esta manera. Se produce una activación que no viene de tus proyecciones como especialista en desarrollo comunitario, animación juvenil, artista multidisciplinar, sino que surge de lo que el espacio y la gente que lo habita necesita y de lo que tú ofreces con tu presencia, mirada y diálogo. 

Este parque se encuentra a tan solo 200 metros del Museo, y ninguno de los dos parece que sabe nada el uno del otro. Cuando desde la propuesta de “Interrumpir la clase” decimos que pretendemos abrir un intervalo en nuestras prácticas profesionales para interrumpir los automatismos, lo que hacemos es una declaración de principios. Lo ideal es que estos principios estén alineados con las instituciones con las que colaboramos y, en este caso, con los ponentes con los que contamos. Lo mismo sucede cuando trabajamos en el ámbito social o educativo y decimos que el alumnado, los jóvenes, la comunidad son los protagonistas. Si los espacios institucionales no se alinean con este principio, se producen resistencias a nivel temporal, económico, ideológico, etc. Durante este taller, se reveló ante nosotras la decadencia del Museo (causado posiblemente porque habíamos afinado la percepción). Una decadencia a nivel estético y estructural, pero también organizativo. Debo decir que algo de encanto tiene la decadencia y la sensación de estar en un museo como en tu casa. Es agradable y necesario ser respaldado para crecer, sin duda el Museo lo ha hecho con esta iniciativa y hay mucho agradecimiento por nuestra parte. Pero se impuso un sabor en la boca amargo y dulce debido a, por una parte, la calma de sentir que nadie te vigila (ni rastro de “no toques eso, no uses lo otro, no hagas ruido, eso no se puede hacer”), y por la otra, la inquietud de sentir que nadie te ve. Hubo una ausencia de interlocución que ha impedido que se cuente a los cuatro vientos lo revolucionario, profundo, transformador e innovador que fue el taller (¿quién podría contradecirnos en esto?). Sentarnos en el parque de Grapa, no sólo activó la risa, curiosidad y sorpresa de estos adolescentes, sino que activó al mismo tiempo el silencio, la ausencia y la falta de escucha de la institución. Esta polaridad no es algo que sorprenda tanto, nos hace pensar en lo que ocurre todos los días en la escuela. Siempre me acuerdo de lo que dijo un alumno hace años: la sensación de estar vivo se acaba una vez entro por la puerta del instituto. ¿Qué escuelas queremos? ¿Y qué museos? Podríamos coger nuestras sillas y sentarnos para escuchar, oler, tocar y ver más profundo, con tal de establecer una conversación cercana, abierta y permeable entre los lugares —las instituciones, proyectos, programas, intervenciones, plazas, carreteras, patios— y las personas. 

Relato sonoro de Pepa Ortiz y Pau Monfort

Texto de Estefanía García

Fotografías de Enrique Escorza